VENTOLERAS. (Ramón Acuña Carrasco)

No cabe duda, la causa es justa y la inversión en las personas, especialmente en los más desprotegidos, una necesidad imperiosa; para enfrentar la avalancha de la revolución científico-técnica y los trastornos de la aldea global en marcha. Los gobernantes deben saber leer los signos de la hora presente y prevenir la colisión con las demandas urgentemente necesarias. Cuidar la libertad y la democracia es una responsabilidad compartida de los protagonistas de una confrontación social como la que estamos viviendo que no es una escaramuza más de las muchas que, de tiempo en tiempo, han dicho lo suyo; es la utopía del mundo mejor que avanza con gran energía y argumentos de cambio profundo, reventando a su paso ministros y estructuras obsoletas. La superación del conflicto no se consigue con más efectivos en la calle ni la acción contaminante de sus lanza gases. La inflexibilidad del principio de autoridad tiene funestos e históricos precedentes de todos conocidos. Los jóvenes que hoy marchan agitando sus razones son quienes comienzan a construir este siglo. Los inconformistas son los que cambian el mundo, pero, ni ellos ni el orden establecido y el principio de autoridad que le concede la ley accederán sin traumas al tiempo nuevo si no se abren a un diálogo fecundo haciendo prevalecer la inteligencia sobre la intransigencia logrando así justas medidas para justas peticiones. Cuando las intransigencias son mutuas los gobernantes deben hacer primar el bien común sobre cualquiera otra consideración y actuar en consecuencia. Cuando la educación se convierte en un acto de comercio es muy claro de qué lado está la fuerza de la razón.

Por muy mal evaluada que se encuentre hoy la clase política es bueno recordar que “la política”, con mayúsculas, es un arte y como la entendemos, es “el arte de gobernar”. Los grandes estadistas transitaron por allí como, seguramente, lo harán los líderes cuya acelerada emergencia se agita en lo profundo de la segunda década de un siglo que se anuncia con grandes contradicciones y apasionantes desafíos. Prestar oídos sordos a esta verdad, descuidando la libertad y la democracia, es golpear las puertas de los decretos y ordenanzas del hombre fuerte que huelen a transpiración añeja o caer en una anarquía y desgobernabilidad que los hombres libres rechazamos con la misma fuerza de los que llegan.

Decir es hacer y el compromiso escribirse con letra grande.

Y cumplir.

Digo yo.