ANARQUISTAS. (Ramón Acuña Carrasco).

Durante las marchas de fines del 2011, con una cierta ligereza de los medios informativos se dio el título de “anarquistas” a los violentos que incendiaban las últimas filas del movimiento estudiantil. Ese rescoldo destructor que cobra presencia en convocatorias sociales y deportivas no es resabio anarquista. Según don Sergio Pereira Poza, Titular de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago y Doctor en Literatura, en su “Antología crítica de la Literatura Anarquista en Chile” y en algunas cuñas biográficas de otras fuentes, se dice que el anarquismo en este rincón del fin del mundo tiene un pasado y una historia apasionante que abrió espacios que perduran producto de una lucha ideológica y cultural más que política afianzada en los valores proclamados por Mijail Bakunin, nacido en Promiujino, Rusia en 1814, intelectual, teórico político y agitador revolucionario, que venía en entredicho con Engel y el autoritarismo de Marx sobre la estructura y métodos que sus ideas darían a la sociedad puesta patas arriba por el capitalismo industrial. Era el suyo un movimiento libertario, afianzado en una filosofía moral y una ideología, cuya base doctrinaria propugnaba la supresión de los Estados nacionales formando en su lugar federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales; la abolición de las clases sociales y de la herencia; la igualdad de sexos y la organización de los obreros al margen de los partidos políticos. Bakunin, después de una existencia reprimida, de privaciones y encarcelamientos, de confrontaciones y coincidencias con otras fuerzas sociales y líderes de la época, vivió pobremente en Berna, Suiza, donde murió en 1876.

En la utopía anarquista la educación era la base de su proyecto social y una herramienta poderosa para la formación de hombres libres y la literatura el hilo conductor de su pensamiento. En su acción figuraba la emancipación de la mujer, a quien se daba un trato igualitario con el hombre; los anarquistas fueron los primeros en crear clases nocturnas para los obreros, labor que ejercían estudiantes universitarios en ateneos y centros sociales enclavados en las poblaciones. La cultura popular tuvo un campo fértil en estos espacios a los que concurrían connotados intelectuales y jóvenes promesas de la dramaturgia y la literatura de la época. La dramaturgia ácrata, tema principalísimo de la obra de don Sergio Pereira Poza, dejó una herencia por mucho tiempo marginada de las antologías del mundo de la cultura que conocemos. El movimiento ácrata adquirió presencia institucional en este país con la fundación de la Federación de Estudiantes de Chile, allá por 1906, un año antes de la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, una trágica demostración del trato brutal que en ese entre siglos se daba a los obreros en Chile y en el mundo. En esta avanzada juvenil tuvo activo protagonismo el estudiante de Medicina de la Universidad de Chile, Juan Gandulfo, una leyenda dentro de las columnas libertarias, quien estableció un nexo entre la FECH y los sectores obreros y de estos con los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) de Estados Unidos, logrando, en 1918, la apertura de una sede chilena de esta organización de los trabajadores norteamericanos en el puerto de Valparaíso. La Fech asumió con gran fuerza “la cuestión social”, llevando el impulso de la educación hasta la creación de la Universidad Popular. El ingrediente ácrata puso en la mesa de discusión nacional temas revolucionarios que el progresismo reformista asumió como propios; uno de ellos, la separación de la Iglesia del Estado. La época de oro del anarquismo transcurrió entre 1910 y 1925, cuando el poder de su discurso fue mucho más allá del campo laboral y estudiantil.

Uno de los personajes emblemáticos de la irradiación transversal del ideario anarquista es la figura ya legendaria del joven poeta y dramaturgo, José Domingo Gómez Rojas, estudiante de Pedagogía en Castellano y de Leyes y Secretario de Actas de la I.W.W, quien fue encarcelado y torturado el año 20 bajo el cargo de “difundir ideas subversivas y terroristas”. Su muerte dio lugar a una de las manifestaciones colectivas más grandes realizadas en la ciudad de Santiago.

Los ácratas de Chile tuvieron entre los trabajadores portuarios de San Antonio un activo representante anarco sindicalista en la persona de don Julio Reyes, cuya historia no se ha escrito.

El movimiento libertario encabezaba las manifestaciones públicas de protesta ni anónimo, ni encapuchado, ni explosivo.

Necesario es tener fidelidad con la historia y las raíces.

Digo yo.